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Sin mucha difusión, casi en forma desapercibida, tres instituciones públicas, un gremio de productores y una empresa privada lanzaron una promoción dirigida a fomentar las inversiones con fines forestales. La idea es plantar en la sociedad la idea de que dedicarse a la forestería es algo más que un recurso ambiental o una actividad para gente esnob. Desde hace años, cultivar bosques es una forma más de producción que muchos estados alientan porque genera recursos, crea empleo y, además, es un excelente balanceador ambiental.

En la Argentina circula una anécdota muy ilustrativa. A mediados del siglo pasado, una importante agencia de publicidad norteamericana con oficinas en Buenos Aires descubrió que si plantaba arboles en alguna parte del territorio argentino, gozaría de exenciones impositivas. La empresa lo hizo, más por acogerse al beneficio fiscal que por la iniciativa misma.

Pero con el correr de los años se encontró con extensos bosques de ciertas especies de pinos, con fibra lo suficientemente larga para servir de materia prima para fabricar papel. Hoy, el norte argentino cuenta con una de las papeleras más importantes de Sudamérica, casi por casualidad.

De manera que detrás de una actividad que la mayoría de la gente considera fundamentalmente ambiental, existe todo un universo de actividades económicas que mueve muchos recursos y que demanda mano de obra en todos sus niveles. En Europa, que tiene apenas un 3% de bosques nativos sobrevivientes, grandes extensiones de bosques artificiales alimentan toda una gama de industrias.

Se puede recorrer vastas regiones del continente viendo cómo se “cosechan” los bosques por parcelas a medida que los arboles alcanzan la maduración apropiada. En el Paraguay estamos aún en pañales en esta materia. Todavía no hemos pagado tributo suficiente al arrasamiento de bosques nativos como para que nazca toda una nueva conciencia: si queremos arboles, hay que plantarlos.

Los que la naturaleza nos confió están prácticamente agotados. Pero todavía debemos aprender que reforestar no es una tarea escolar obligatoria o un acto de suprema conciencia ambiental. Tiene que ir constituyéndose la idea de que plantar un árbol es como poner una inversión a mediano y largo plazo. En algún momento, esos fondos darán su rédito. Con las nuevas técnicas de cultivo, las variedades trabajadas en laboratorio y un cuidado apropiado, los bosques cultivados maduran actualmente en mucho menos tiempo, lo cual permite programar inversiones, consolidar clientela y calcular utilidades.

Así, entre negocio y conciencia ambiental, el país irá recuperando con el tiempo su espíritu verde perdido en las grandes hecatombes deforestadoras de la segunda mitad del siglo XX.

Fuente: 5días