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Hace falta que el Estado, a través de medidas administrativas o legislativas, dé una patada en el suelo y active los recursos disponibles para la reforestación. Actualmente, la Agencia Financiera para el Desarrollo dispone de fondos suficientes para otorgar préstamos de entre US$ 500.000 y US$ 1.000.000 por prestatario, según el grado de arranque o avance del proyecto.

Como la AFD es una banca de segundo piso y no presta dinero directamente, debe operar con los bancos comerciales. Pero mientras éstos concentran su marketing en operaciones de crédito al consumo o inversiones de retorno rápido, los destinados a la reforestación duermen en un cajón sin que nadie los promocione.

La razón es bastante sencilla. Estos créditos tienen un plazo de 12 años con un periodo igual de gracia. El interés es del 7% fijo para todo el periodo de duración del proyecto o de 5,5% que podría ser reajustado cada tres años en caso de las operaciones en dólares y de hasta el 10,5% anual para los créditos en guaraníes.

Estos créditos funcionan a favor de la lógica de la reforestación, es decir, a plazos largos esperando que cada proyecto llegue a su fase de producción y genere recursos que permitan pagar la deuda y dejar utilidades que reinvertir.

Semejante arquitectura financiera no interesa al parecer a los bancos comerciales, acostumbrados a ciclos cortos de producción –granos por ejemplo- o ciclos medios como la ganadería y, lo mejor de lo mejor, las operaciones comerciales que implican enormes volúmenes de dinero cambiando de mano rápida y seguramente.

La reforestación es un negocio redondo, sólo que sus beneficios son como los movimientos de la naturaleza: se toman su tiempo para generar resultados. Hablar de los beneficios que trae plantar árboles en forma masiva sería casi una pérdida de tiempo.

Todo el mundo sabe lo que significa repoblar montes, trabajar a favor de la biodiversidad, inyectar oxígeno a la atmósfera y retirar de ella el CO² excedente, reconstruir paisajes hoy semidesérticos y, a la postre, generar recursos económicos con la madera resultante, operación que desde hace décadas se realiza con precisión suiza en la Europa híper verde de hoy.

Si esperamos que los bancos se sacudan por sí mismos la pereza y el desinterés, perderemos un tiempo valiosísimo. El Gobierno debe arbitrar las medidas necesarias para que estos fondos hoy inactivos se vuelquen hacia su finalidad específica, repoblar los montes paraguayos, sobre todo en la región Oriental en donde apenas quedan unas 2.200.000 hectáreas.

No sólo es un buen negocio. Debe constituir una política de Estado emprendida con tal vigor y efectividad que a los siguientes gobernantes no les quede otra alternativa que seguirla y profundizarla. Parece increíble tener que señalar lo obvio… pero estamos en el Paraguay.

Fuente: 5días